De la mano del escritor Eduardo J Quintana, Mundo Ascenso hace un homenaje mediante este cuento a to
Hay historias de amor que no tienen desperdicio. Las hay de amor puro, de amor enfermizo, de amor efímero o solamente historias de amor y nada de más que de amor.
Julián cursaba el tercer año de la Carrera de Ingeniería Industrial en la Facultad de Lomas de Zamora, un alumno aplicado, ejemplar, muy galante y buen compañero. Varias de las mujeres del curso pusieron sus ojos en él, pero por respeto y timidez era imposible que personalmente encarara una relación con una compañera de facultad. Los grupos de trabajo eran mixtos y fijos. A principio de año se formó un cuarteto de estudio integrado por Julián, Juan Ignacio, Milagros y Florencia.
Julián Facundo Benítez, era único hijo de una familia de clase media, que vivía a tres cuadras de la estación Temperley y como muchos de los habitantes de la zona era hincha y socio del Celeste. Abuelo, padre, madre e hijo tenían un abono en la platea del “Alfredo Beranger”, para concurrir cada sábado en el que jugaba de local el torneo de Primera B. Era interesante ver la transmutación de Julián que pasaba de ser un correcto, serio y tímido estudiante a un desaforado hincha gasolero de grito agudo y puteada fácil.
En una de las reuniones de estudio en casa de Florencia Margaritis, en la zona residencial de Lomas de Zamora y en momentos que estaban ejercitando Termodinámica, Carolina, la hermana de Florencia, ingresó al comedor, sitio elegido para el evento, junto a su novio, un colorado de un metro noventa de estatura y unos músculos dignos de un rugbier, que se marcaban aún más por la justeza de la camiseta que llevaba, la mil rayitas de Los Andes. Ella, Carolina, era la mujer perfecta, de belleza indescriptible, sonrisa increíble y un brillo en los ojos fuera de lo normal. Por respeto, Julián apenas la observó, pero ese mínimo instante en que cruzaron miradas, alcanzó para generar un cosquilleo interior casi mágico, que lo llevaron a realizarle algunas preguntas a su hermana Florencia.
- ¿Flor, cómo se llama tu hermana?
- Carolina. Respondió su compañera.
- ¿Y el de la camiseta de Lomas, es el novio?
- Sí, hace poquito que empezaron a salir. ¿Te gustó mi hermana, Julián?
- No, bueno, bah….Es bonita. Dijo con mucha timidez y respeto.
Un par de horas después, caminando rumbo a su casa con Juan Ignacio, que aparte de compañero era su vecino, siguió la conversación sobre la bella Carolina.
- ¡Cómo te miró, Julián!
Julián que se mantiene en silencio.
- Me parece que le gustaste…Insistió Juan Ignacio.
- Ni loco salgo con una mina hincha de Los Andes, yo soy enfermo del Celeste como toda mi familia y eso es algo que no se negocia. Nada de Lomas en mi casa.
Obvio que se terminó la charla, aunque esa sensación en el estómago y el sueño de la noche, provocaba una reacción rara en Julián. A la mañana desayunó normalmente, fue a trabajar al negocio de su familia como todos los días y a la tardecita concurrió como siempre a la Facultad. Cuando llegó, se encontró con una sorpresa; en la puerta estaba Florencia, acompañada por su hermana Carolina. Saludó como hacía siempre, con un beso, y cuando llegó el turno de la mujer más bella, sintió su perfume y quedó eclipsado. Ella le dijo:
- Hola
Nada más que eso para que un halo de amor rodeara el corazón de Julián
- Hola. Replicó Julián
Y cómo si todo hubiese estado preparado, los dejaron solos. Cada uno que pasaba, la miraba y luego lo miraba a él, como con envidia. Para Julián era un placer verla personalmente, no así imaginarla con la camiseta mil rayitas mezclada entre los hinchas de Los Andes. Como salida de un cuento de hadas, le dijo con voz acaramelada:
- ¿Querés venir a una fiesta conmigo el sábado a la noche?
Julián dudó, dudó mucho. Pero el amor por el Celeste era tan grande que jamás lo traicionaría.
- ¿El sábado? Imposible, ya estoy comprometido.
Se estaba clavando un puñal en el corazón, pero demostrando que primero estaba el Gasolero y después todo lo demás. Total, todo era amor. Ella se fue lamentando, como no pudiendo entender la negativa, a la que en realidad no estaba acostumbrada.
Llegó el sábado a la tarde y como era costumbre la familia Benítez, en su totalidad, ocupaba los asientos de la platea del estadio Gasolero, donde el Celeste recibía a Almagro. La popular local estaba completa. “Los Inmortales” estaban todos, con el cotillón, los bombos y las banderas. Julián se acercó hasta la división entre la popular y la platea, para buscar en la barra a alguno de sus amigos y como se hace normalmente, empezó por los para avalanchas y allí, entre el asombro, los nervios, la sorpresa la descubrió. Estaba allí, estaba ella, con su rubia cabellera llena de bucles, sus ojos verdes, su increíble cuerpo…Allí estaba ella, la mujer perfecta, ataviada con una camiseta celeste, que aún la hacía más perfecta, cantando, haciendo cantar y haciendo vibrar corazones. Julián quedó conmovido y sólo atinó a llamar por celular a Florencia.
- Hola Flor…
- Sí. ¿Quién habla?
- Soy yo, Julián. Te hago una pregunta. ¿Puede ser que tu hermana Carolina esté en la cancha de Temperley viendo el partido con Almagro?
- Ah sí seguro. Esa traidora es la única en la familia hincha de Temperley. ¿No te lo conté?
Julián ya no contestó. Un frío le corrió por todo el cuerpo, Una suave melodía ingresó por sus oídos y una flecha atravesó su corazón. Ya nada fue igual. Miró el cielo para agradecer y las nubes ya no estaban. Temperley ganó, bajo un cielo celeste. Y la fiesta con Carolina, esa noche, fue inolvidable Y cómo no iba a serlo si estaba ella, la mujer perfecta. La Gasolera.